Nada es ahora

Húmeda y febril, ciega, sin excusas, sabiendo que esa noche de enero lo cambiaría todo, puse mi deseo y mi vida a las órdenes de Cornelia.

En cada asalto de manos desbocadas, obstinada, su noche, instaba a mi locura.

Y cuanto más me amaba
mi cuerpo gemía, sentía, se hundía en su piel.

Y cuanto más empujaba,
mi vida se iba, latía, volvía, me arrastraba.

Y con cada beso,
vivía y moría.
Me dejaba, la odiaba.

Y en cada caricia
mis manos respondían, se enredaban, arañaban, la buscaban.

Con cada envite,
mi boca lamía y porfiaba,
mendigando una paz no deseada.

Con cada sacudida
mis labios se abrían, mordían, besaban,
abandonados sin más al sentir.

De carne en carne, desnuda,
ávida y febril en cada gana,
en cada muero por vos,
en cada vámonos lejos.

Y así, la vida.

Sobre su espina dorsal y mi congoja, no hubo resurrección. Sí un par de muertos.
Aquel fugaz momento de ParaSiempres. La vida entera.

Y un mano a mano, punto y aparte.
Un abrazo de menos, una secuela.
La sombra de su duda, sin duda alguna.

Un maltrecho jirón, un ruido sordo.
pleitesía rendida al deseo cumplido.
Invierno en los ojos, salitre y sudor.

Un no te vayas, ¿por qué has venido?
Ven de mañana. Seguiré aquí.
Y tras la espera, la fe desnuda.
Al sur de la frontera del desmentir.

La primavera avanza. ¿Cómo dormiste?
Sobre tus ojos, en tu recuerdo, junto a tus pechos, bajo tu abrigo.

[A ti, que no sabes lo que puedes]

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