Los abrazos emocionantes

Fue después del final.

Después de aquel intensísimo abrazo* en el que Nico respiró la piel de Lola como si de aquello dependiera su vida, y se aferró a su decisión, revolviéndola el pelo con la necesidad que tienen los náufragos de sentirse a salvo. Después de aquellas palabras que al no ser pronunciadas se quedaron al borde de las comisuras, consolidando entonces, una verdad profunda y desgarradora que lo decía todo sin necesidad de más; después de aquellas cuatro horas en las que dio vueltas en la cama, como un niño sin recreo, buscando un ctrl+z que le devolviera al mundo que se derrumbó pasadas las doce de la noche de aquel sábado que se negaba a reconocer que ya era domingo. Después de que los cuerpos al final se reconocieran en la piel del contrario; después de la vehemencia del deseo, después del amor; después de aquella reconciliación que fue y no llegó a ser, porque Nico ahogó la confesión y  Lola, detonante, descansaba ajena al delirio que había provocado…

Después del final. Después de todo aquello, la desazón dio paso a la normalidad.  A esa normalidad del que pasa por alto, que cede para confirmar el poder del ahora. Del aquí. El único lugar en el que residen las certezas infinitas.

Después de aquello, la calma, sin posos. Nico se prometió a sí mismo que nunca más volvería a dar vuelvas a aquella noche, en la que Lola, dormida, pronunció de nuevo el nombre de Gonzalo –Gonzalo, ese infame embustero juntaletras!-,  habló de la lluvia y de noséque de un baile en un ascensor de Sri Lanka.

La vida estaba aquí y ahora. El resto no importaba.

– Necesito un té. Negro, pensó. Y rebuscó en la caja que habían traído de aquel viaje que hicieron todos a Ceilán.

Capítulo cerrado.

*Los abrazos de verdad, esos en los que contenemos la respiración, tienen ese punto terapéutico y de sinceridad absoluta que los hace únicos; por eso es tan importante darlos dejándose el alma y no regalárselos a cualquiera.

 

Abrázame fuerte, que no pueda respirar.

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