Kintsukuroi, Lo feliz, lo imperfecto.

Kintsukuroi. Lo feliz, lo imperfecto

Aquel día se rompieron dentro muchas cosas.
 
Fue después de las ausencias, de la aparente calma del después, del obligado tiempo de silencio, del descenso al infierno, del pacto para tres. Pasada la euforia. Mucho después del tsunami.
 
Un par de días antes, en casa se había acabado casi todo. Llámalo presagio:
 
La crema hidratante
La nutricosmética
El zumo de bote
El brillo en los ojos
Las especias de India
Un par de perfumes
Las ganas de todo
El carrete de blanco
Los latidos de más
El tiempo de fresas
El puré de nabo
La leche en verso
 
Aquel día, #despuésdeltsunami, con la fe ya sin fuerzas y el deseo de poco, solo permanecía inalterable y sin quiebros la certeza de que nada volvería a ser lo mismo.
 
Aquel día, digo, cincuenta sombras después de aquel otro día, domesticadas las ganas, agotado el intento, justificando la ausencia sin apenas razones, no hubo forma de apuntalar el derrumbe.
 
Un temblor y lo supo.
Agnus dei.
 
El corazón, sin embargo, ya había pasado por su propio Kintsukuroi. Solo se rompe de verdad una vez en la vida.
 
Nuestras heridas, nuestras grietas, nuestras pérdidas y errores, son parte de nuestra historia. Testigos de la resiliencia, de la capacidad para sobrevivir, recuperarse y hacerse más fuerte. Son con nosotros. Son lo que somos.
 
 
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