Ana Karenina

Karenina. Hazlo, Ana

“Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”.

Recuerdo a mi madre leyendo Ana Karenina cuando yo apenas alcanzaba los siete u ocho años. Me acuerdo perfectamente; puede que fuera primavera porque entraba mucha luz en el salón y hacía calorcito. Ella leyó esta frase en alto y se quedó en silencio. Pensativa. ¿A ti qué te parece?

Levanté la vista extrañada por la pregunta. Me pareció una frase que no tenía ningún sentido. Yo era una niña feliz como el resto de mis amigos, y la verdad es que poco sabíamos de la infelicidad. Todas debían de ser iguales; no pensábamos en ellas. Como las felicidades aquellas que decía el libro de mamá. ¿Por qué iban a ser distintas? Así que me encogí de hombros y seguí preparando mi estrategia para abordar el barco pirata de mi amigo Horacio, algo que consideraba mucho más apasionante que esa pregunta tan rara.

Con el paso de los años por supuesto leí el libro, y esa frase ha sido muy recurrente en ciertos momentos de mi vida. Me ha dado fuerza para hacer y ser. Y para tratar de perseguir aquello que deseo.

Ahora tengo esa opinión que antes me faltaba.

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Ese escenario de cartón piedra que retrata Tolstoi, sigue siendo presente; una sociedad de títeres vacíos, de tradiciones y leyes que acatar a las que nadie planta cara con un por qué,  esas inseguridades maquilladas de arrogancia, ese tedio establecido. La vida de las caretas, la vulnerabilidad, la humanidad, la necesidad de afecto obligado en algunos casos, los celos enfermizos, la pose a la que ahora llamamos postureo, la imagen. Valores sociales rígidos todos que se dan por buenos.

Ahora, cuando releo ciertos pasajes, sigo deseando que Ana lo intente.

Que Ana lo intente.

Que pase por encima de su conflicto interno y que lo luche.

Que lo luche.

Que quién sabe si la moralidad que la rodea merecerá lo suficiente como para doblegarse. Sufres, luego expías tu culpa, ruge en su interior, mientras late a la vez toda la certeza de que eso no es La Vida.

Querida Ana, ¿Hasta qué punto hay que seguir las normas? ¿Hasta dónde perseguir la felicidad? ¿A qué precio?

“El respeto lo han inventado para llenar un vacío donde debiera estar el amor” escribe Tolstoi. Y así siguen. Intentándonos hacer callar. Consiguiéndolo en muchos casos.

¿Todas las familias felices se parecen? Todas las familias que responden a convenciones se parecen. Debajo, en la intrahistoria, las pulsiones felicidad e infelicidad, anhelos y deseos son lo que las hacen diferentes.  Y el atreverse.

Una vez conocidos los pormenores de las historias, sus matices, emitir juicios sobre sus actos debería dejar de ser tentador. Es lo difícil. Así pues, vivamos y ya. Dejando los juicios para otro momento.

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Volvamos al cine.

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