Jodhpur de los mil azules

Coquetea con el añil, pero el azul de esta ciudad con mácula sigue siendo un azul diferente, un azul sagrado. Pero coquetea, claro que lo hace. Tanto, que casi se convierte en algunos de sus muros, los que dan al norte, en un añil profundo, promesa de noches de verano al raso. Podría ser casi índigo, pero no. Y también se acerca al lapislázuli, al azul oscuro, al marino, al cobalto, al acero, al klein, al cyan, al celeste, al turquesa incluso, o al bondi, según cómo la sombra juegue con la sombra al doblar de las esquinas.

Y en otras ocasiones, Jodhpur se queda sólo en un azul alicia, un azul clarito, casi blanco, deslucido. Todo depende de cómo y cuanto le de el sol del que se huye y de los matices que la vida proyecte sobre sus muros. Depende también de cuanto tiempo haga que sus dueños no repinta la fachada, o de cuan deterioradas estén las paredes que lo contienen.

Un azul distinto, Eso es lo que se siente al observar el azul de esta ciudad. Uno más intenso que cualquiera, como toda la pantonera de colores de India. Uno genuino, uno que es uno y muchos, antes reservado exclusivamente a los brahamanes como una seña de identidad de la santidad de esta casta, y extendido ahora por todo el interior de una ciudad sembrada a los pies del espléndido fuerte de Meherangarh levantado allá, en un inexpugnable peñón.

El entramado de calles de Jodhpur crece vertiginosamente salpicando sus azules a los pies del fuerte, y lo hace sin patrón, igual que nació, medieval a bocajarro, dejando claras las distintas condiciones sociales entre los habitantes de la ciudad y aquellos que poblaron el fuerte. Se amontona indolente alrededor de la Torre del Reloj para aislar a sus fieles de los rigores del sol, y se entrevera con todo lo que le habita -persona, mercado, vaca, callejón, moto y otra vez lugareño-, en una suerte de laberinto azul angosto que busca refrescar la vida que late allá abajo, y de paso, repeler, dicen, los mosquitos que atosigan.

turbantes blue Jodpur YasilavidaY de nuevo la poesía. Verticales, inquebrantables y corpulentos,  los muros de uno de los fuertes más sobrecogedores de Rajastán velan uno de los palacios más delicados de este norte de bravos guerreros y señoras hermosas que esperaban la muerte cantando. Los aposentos de las mujeres, la zenana desde dónde ellas espiaban los actos palaciegos, el Sukh Mahal o palacio del placer donde el maharajá elegía concubina, y el Phool Mahal o palacio de la flor son algunas de cuidadas joyas que Meherangarh ofrece al visitante, quien, lejos del tumulto de las calles de la ciudad es capaz de imaginar los cruces de confidencias a media voz, los susurros de sus hermosas moradoras y por qué no, alguna que otra confesión oscura que unas y otras se hacían en la soledad de unos aposentos repletos de damas corriendo la misma suerte.

El entramado de calles de Jodhpur crece vertiginosamente salpicando sus azules a los pies del fuerte, y lo hace sin patrón, igual que nació, medieval a bocajarro, dejando claras las distintas condiciones sociales. Se amontona indolente alrededor de la Torre del Reloj, y se entrevera con todo lo que le habita en una suerte de laberinto azul angosto que busca refrescar la vida.

Vista desde el silencio que ofrece la ventana más alta del fuerte, la antiguamente conocida ciudad de Marwar, uno se olvida del bullicio que hay abajo, y del reto psicológico que supone perderse por sus calles manteniendo los sentidos de punta para asimilar el festival de estímulos que ofrece a los sentidos. Y cerrando los ojos disfruta jugando a distinguir el leve aroma a incienso, palo de rosa, cardamomo, jengibre y todo aquellos olores que desprende una ciudad sin alcantarillas que nunca fue conquistada

Y así la vida.

Jodpur 2 Mccurry Yasilavida

 

La foto destacada es de aquí. el resto son de aquí y de aquí

 

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