Estaciones de paso

 “Todos los aeropuertos internacionales se parecen, en cambio las estaciones de trenes son, cada una a su manera.” *

Gente. Gente que se apelotona. Gente. Gente que empuja. Gente. Gente sin espacio vital. Gente. Gente que suda. Gente. Gente que corre. Gente. Gente que va. Gente. Gente que viene. Gente. Gente que entra, que sale, que corre, que se agolpa, que murmura, que interroga, que se para, que observa, que mira, que te mira. Fijamente. Todos.

Y en la confusión del momento, en el barullo de la estación, entre la gente, personas. Uno por uno, se han descalzado religiosamente para sentarse sobre un pareo de varios metros extendido en mitad del hall de entrada a la estación. Son siete, una familia entera; parece que la espera va a ser larga puesto que se disponen a merendar sacando de una especie de saco diferentes tipos de panes rellenos de algo que no acierto a ver. Llevan un bebé con los ojos bañados en khol como si de un pequeño guerrero con antifaz se tratase.**

A corta distancia, sentados en dos sillas de plástico, una pareja de policías locales observa, -con ese aire lacónico que le da al semblante las tardes de agosto sin nada que hacer-, la cadencia de almas que no para de entrar y salir de la estación.

Las vacas campan a sus anchas. Hay infinidad de mujeres que parecen hermosas a la luz de sus saris de vivos colores, y luego están las sombras de aquellas que se deslizan ocultas en burkas. De vez en cuando se ve deambular algún asceta que parece que llevan errando por la estación más de medio siglo, y que descalzo y solemne se mezcla entre el gentío con su lecherita a cuestas.

El calor, leiv motiv en este país, vuelve a ser sofocante. Hay muchos ancianos que parecen vivir en la estación. Precisamente uno de ellos se ha acercado hacia aquí.

Alcanza poco más de medio metro. El resto de su altura se lo ha ido comiendo el tiempo, la calor, y tal vez el peso de todo lo que ha transportado a lo largo de su vida. Namasté susurra y continúa su camino ayudado por una vara curvada que le sirve de bastón. No se sabe dónde acaban sus nudos y dónde empiezan los de la mano enjuta que lo sostiene. Paradojas de la vida, no va descalzo: viste unos piterpanes*** verdes como último resquicio de una infancia que no volverá.

Los niños mendigo están por todas partes y estos no se conforman con globos. Ni se los voy a ofrecer. Hay quien está parado en cualquier esquina, unos durmiendo y otros simplemente observando.

Una marea humana que ha bajado de un tren se precipita hacia las escaleras, y en el andén principal, las entrañas de otro que está a punto de partir están repletas de pasajeros que luchan por un poquito de oxígeno. La imagen que arrojan los vagones de tercera es aterradora, ojos que intimidan de tan fijo como miran, bocas que luchan por un poco de aire, y brazos y manos que cuelgan cansados de esperar y aún no han partido.

Debe ser terrible estar ahí dentro.

Mientras, un policía turístico, aburrido, se acerca a leer lo que escribo. Le miro y me pregunta si es mi lengua. “Yes, spanish lenguaje”, le digo, e intenta leerlo. Le enseño la eñe del teclado: “mira, esta es la letra eñe” y abre los ojos como platos. Sonreímos.

18:30 Es hora de subir al tren.

 

tren_2

* Libre adaptación del principio de Ana Karenina, de Tolstoy: “Todas las familias felices se parecen, en cambio las desgraciadas lo son cada una a su manera”.

** En India es tradición pintar de negro los orbitales de los bebés para que los ojos luzcan más grandes.

*** En Galicia se llama piterpanes a los leotardos.

 

[Los autores de las fotos puedes encontrarlos aquí, aquí y aquí]

2 comentarios
  1. Alexandra
    Alexandra Dice:

    Precioso…parece que acabo de ver a toda esa gente, a ese policía ojiplatico por la Ñ y al bebé del antifaz…Eres increíble sister.

    Responder

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