Y por qué no enamorarte de alguien que te cae bien

¿Y por qué no enamorarte de alguien que te cae bien?

– ¿Y por qué no enamorarte de alguien que te cae bien?
– Horacio, eres tonto. Déjame tranquilo, acaba la partida y cenemos, que me quiero ir a casa.

Recuerdo ese tercer grado de mi colega como si fuera ayer: “Enamorarte de alguien que te cae bien”. No. Hasta ese día, no contemplaba la posibilidad. Había acudido a una de esas cenas que tanto le gustaban organizar Alejandra y Horacio en la cocina del pisito que tenían en la calle Pez. Hemos invitado a una amiga, me dijeron con un tonillo inconfundible.

Mis amigos y su afán por emparejarme. :-/ #pereza.

Hacía prácticamente un año que había terminado mi relación con Eme y no tenía ningún interés en conocer a nadie que me complicara la vida. A mis treinta y tantos yo solo aspiraba a seguir contratando proyectos para el estudio, viajar, comprarme otras zapas de running y ganar a Horacio al Fifa. Y ya.

Recuerdo que apareció media hora tarde, con un vestido verde que acentuaba su moreno, oliendo a incienso y con un ramo de peonías para Alex.

¡Por el amor de Dios! ¿quien regala peonías?, -pensé- Menuda rebuscada.

No me olvidaré de cómo llegó hasta mi. Avanzó decidida, con esa voz cálida y beigue acompañando a unos tacones tan altísimos que hicieron que yo mismo me tambaleara al dirigirse a mi con ese ímpetu.

– ¿Yo Lola, tú?
– Mmm… Nico.
– Nico es nombre de gato,
 -me dijo con una sonrisa incapaz de concluir en sus comisuras-.

Los demonios invocados no acudieron a la cita, y creo que bajé la guardia un poco.

Esa noche me reí como hacía tiempo. Los cuatro nos reímos. Me dejé llevar, disfruté descubriendo sus pequeños universos y adivinando que teníamos ciertas cosas en común empezando por el celo enfermizo de colocar el armario por colores. Y al ritmo de Rufus Wainwright la vida se volvió un poco más amable. Con la excusa de buscar las tazas del té, Horacio y Alex desaparecieron y sonaron los primeros compases de una de esas versiones de Hallelujah que tanto me gustaba. Que tanto nos gustan.

Hicimos silencio. Ahí lo supe.

Inteligente, ácida, transparente, divertida… amante de la decoración, de la buena mesa, cariñosa, mala cocinera, raruca… Lo-la.

Lola y sus cosas, Lola a las diez, primavera con Lola, Lola y su sonrisa.
Al filo de cualquier emoción, Lola.
Lola enfadada, enérgica Lola. Visceral, despistada, empática, luchadora.
Mística a veces, pragmática Lola.
Lola y sus planes,su salario precario, Lola y un sueño.
Lola y mi vida, mi vida con Lola.

Y ocurrió. Ocurrió como sólo pasan las cosas una vez en la vida.

Nos mudamos aquí hace un par de años. Sólo traje las Kelme de siempre [por aquello de poder salir corriendo] un par de camisetas y un vaquero, un maleta a tope de cerves, y la colección entera de vinilos de los Rolling. El resto, todo lo demás, ha ido viniendo sólo. Y es de los dos. Nuestro.

Todas las casas tienen un rincón especial, el lugar de las confidencias, y en esta es este, la cocina. Justo donde estoy ahora, contándoos esto mientras espero histérico el e-mail de Manu con la receta de la tarta de zanahoria que voy a prepararle a Lola por su cumpleaños.

No sé si es la mujer de mi vida.  Pero sé que me sigue haciendo reír. Y  hoy, eso, me basta. [Que no se me olvide comprar jengibre]

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