En la siguiente baza, seguro que habrá más suerte

Todavía con el calor de las sábanas impregnado en la piel y con pocas ganas de darme esa ducha que aleje el recuerdo de mi mullida almohada, encremarme y lanzarme a este Madrid implacable, me han venido a la memoria los ojos de los hombres del desierto.

Con el olor a café recién hecho, y un zumo de naranja natural en los labios; con el pan con tomate, un plato limpio, la mesa puesta. Con la ropa nueva, la manicura perfecta, y el pelo impecable; con la ausencia de hambre, y con cientos de banalidades en la cabeza, he caído en la cuenta. Somos accidentes humanogeográficos. Estamos dónde estamos, única y exclusivamente por casualidad. Y bendita casualidad en este caso.

Automáticamente he pensado en ellos.

En Lalit, en su cuñado, en Los pasteles de Calcuta; en Poka, nuestro educadísimo conductor que además era brahaman, en Anil y en Monika, en Suami. En todos y cada uno y en sus realidades.

Y de mi comodidad, he saltado a los recuerdos; de mi realidad a la suya, de mi contexto a sus vidas. Y de ahí, enlazando como sólo se puede hacer un miércoles de otoño, a las de otros que no tienen tanta suerte.

He recordado a los pequeños a los que visité hace un par de años en una escuela rural en Siem Reap, Camboya, financiada gracias a una escueta partida del gobierno, a la ayuda desinteresada de algunos turistas y al esfuerzo de los propios padres por dar una educación mínima a sus hijos.

Escuela Rural en Siem Reap

He sonreído al pensar en los hermanos Ben Jusuf que viven en una jaima en mitad de la nada y que protegen con su vida un curioso sistema de pozos en el desierto de Erg Chebbi en Marruecos. Si te paras a mirar curioso te invitan a té verde y cacahuetes, para después pedir que cuentes al mundo que hacen rutas en jeep y camello por las gargantas del Todra.

Me ha venido a la memoria la familia que nos invitó a probar el Bamboo Stiky Rice a la orilla del Mekong, en el lado más amable y menos turístico de Vietnam. Ellos tenían un techo casi decente y no les faltaba el alimento, pero no tenían más remedio que recurrir al trabajo infantil aunque lo veían como parte de su realidad: eran sus propios hijitos pequeños los que se encargan de rellenar de arroz las cañas de bamboo que luego cocerían en el horno portátil de su mamá para venderlas por unos Dongs vietnamitas.

Bamboo Stiky Rice

He pensado en unos y en otros; Sé que es complicado sacudirse los parámetros occidentales y los prejuicios, pero es obligatorio hacerlo cuando, a pesar de que lo que tienes en frente no encaja con tu concepto de bienestar, sabes que está bien. Que están bien.

En un día como hoy, el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza elijo pensar en ellos.

Elijo pensar en los críos en harapos, los que no tienen más que la sombra de un árbol, la vereda de un camino o un arcén polvoriento para retirarse a hacer sus necesidades, los llenos de mocos, las caritas sucias, el pelo con piojos, los ojos con hambre.

Pensar en el desfile de sonrisas de quienes viven en minúsculas y herrumbrosas casas de uralita en cualquiera de los muchos slums que hay en la India. Aterradores, por cierto.

En la familia que veía cada día en Bombay, y que me llamaba la atención por la infraestructura que desplegaba en torno al espantoso trabajo de mendigar. Cinco almiñas y dos adultos, quienes, cuando llegaba la noche se dirigían, con su par de mantas a cuestas, al lugar que se habían autoasignado para pasar la noche: el número veintisiete de unos soportales que miran cara a cara al Hotel Taj Palace, cuya magnificencia, vista desde el suelo dónde se seguirán acurrucando para mantener el calor, debe ser insoportable y cruel.

En los miles de ojos de aquellos que viven al borde de las cunetas, cuyo bien más preciado es un techo de plástico azul que hace las veces de tienda de campaña gracias a postes de bambú, en el mejor de los casos.

Elijo pensar en los críos en harapos, los que no tienen más que la sombra de un árbol, la vereda de un camino o un arcén polvoriento para retirarse a hacer sus necesidades, los llenos de mocos, las caritas sucias, el pelo con piojos, los ojos con hambre; elijo pensar en aquellos que, semilla a semilla, se dedican a hacen de las bolsas de granadas para turistas su fuente de ingresos.

En las madres que cargan a hombros a los medianos mientras soportan en su pecho el puñado de gramos del cuerpo del más pequeño y tratan de equilibrar contrapesos para que la carga que llevan en la cabeza no termine en el suelo.

En los hombres que salen a las calles en busca de un salario de risa para que esa noche haya grano en la casa, aquellos que celebran la compra de un generador como su bien más preciado; en los ancianos recolectores de un plástico que termina amontonado en una esquina al capricho del viento, en aquellos que barren las hojas de árboles en los parques, los que apilan cartones, quienes venden tabaco, la boca sin dientes la sonrisa perpetua.

Los mendigos, los errantes, los nómadas, aquellos que, descalzos, poseen una vaca que nunca podrán comer, los que tienen un puesto de fruta y venden sus moscas, los que miran la vida pasar. Los que esperan. Las manos en el bolsillo, la vista en el presente.

Y tantos y tantos, y tantos y tantos semblantes. Y tantos.

India McCurry Yasilavida

India es el verdadero drama del mundo por la desgana que se respira. Un país infierno, un lugar trampa hermoso y descarnado que anhela únicamente una reencarnación más favorable cuando pase la mala mano que le ha tocado jugar. Tal vez a la siguiente baza; seguro que habrá más suerte.

Nacer allí, en una casta desafortunada es un visado hacia el horror absoluto, hacia la nada, sólo que ellos no lo viven así. Y no lo hacen porque no anhelan, porque no hay esperanza de cambio. Porque no existe afán. De ningún tipo. A pesar de que aparentemente se intente promover desde el gobierno. Si naces paria, paria te quedas. Y esa es la cuneta en la que envejecerás.

La diferencia entre África y la India, una de tantas, es que allí hay esperanza. Hambre sí, demasiada, pero también, y al menos, esperanza. Es cierto que la posibilidad de África de alcanzar el Objetivo de Desarrollo del Milenio (OMD) es remota según la ONU, y que su drama es escandalosamente sangrante, pero afortunadamente no existe una religión que les ata a soportar una realidad que nadie debería conocer.

En un día como hoy elijo actuar por ellos.

«Poner fin a la violencia de la pobreza extrema: promoción del empoderamiento y consolidación de la paz» este es el lema del 2012 en el Día Internacional para la erradicación de la Pobreza.

La imagen destacada es de Steve McCurry, como muchas de las que se usan en este blog. La última de aquí.

7 comentarios
  1. Adwoa
    Adwoa Dice:

    Ya veo que tu tambien has ido dejando cachitos de corazon por los diferentes rincones por los que has estado… Y tambien veo que en esta entrada hay mucho material para otras historias… Al fin y al cabo, el dia para la erradicacion de la pobreza tendria que ser todos los dias!
    Gracias por este recordatorio deliciosamente contado.
    Un abrazo.

    Responder
      • Adwoa
        Adwoa Dice:

        “Pero sólo como viajera”. Y, ¿te parece poco? Los hay que se pasean por el mundo (en el medio que sea) y no dejan nada en ningún sitio, sólo se llevan las fotos de turno para presumir con a los amigos.
        Necesitamos más gente que, como tú, nos hace ver la vida de otra manera.
        Sin presiones, pero deseando estoy leer esas historias conforme vayas teniendo tiempo.
        Un fuerte abrazo!

        Responder

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