Kintsukuroi. Lo feliz, lo imperfecto

Aquel día se rompieron dentro muchas cosas.
 
Fue después de las ausencias, de la aparente calma del después, del obligado tiempo de silencio, del descenso al infierno, del pacto para tres. Pasada la euforia. Mucho después del tsunami.
 
Un par de días antes, en casa se había acabado casi todo. Llámalo presagio:
 
La crema hidratante
La nutricosmética
El zumo de bote
El brillo en los ojos
Las especias de India
Un par de perfumes
Las ganas de todo
El carrete de blanco
Los latidos de más
El tiempo de fresas
El puré de nabo
La leche en verso
 
Aquel día, #despuésdeltsunami, con la fe ya sin fuerzas y el deseo de poco, solo permanecía inalterable y sin quiebros la certeza de que nada volvería a ser lo mismo.
 
Aquel día, digo, cincuenta sombras después de aquel otro día, domesticadas las ganas, agotado el intento, justificando la ausencia sin apenas razones, no hubo forma de apuntalar el derrumbe.
 
Un temblor y lo supo.
Agnus dei.
 
El corazón, sin embargo, ya había pasado por su propio Kintsukuroi. Solo se rompe de verdad una vez en la vida.
 
Nuestras heridas, nuestras grietas, nuestras pérdidas y errores, son parte de nuestra historia. Testigos de la resiliencia, de la capacidad para sobrevivir, recuperarse y hacerse más fuerte. Son con nosotros. Son lo que somos.
 
 

Nada es ahora

Húmeda y febril, ciega, sin excusas, sabiendo que esa noche de enero lo cambiaría todo, puse mi deseo y mi vida a las órdenes de Cornelia.

En cada asalto de manos desbocadas, obstinada, su noche, instaba a mi locura.

Y cuanto más me amaba
mi cuerpo gemía, sentía, se hundía en su piel.

Y cuanto más empujaba,
mi vida se iba, latía, volvía, me arrastraba.

Y con cada beso,
vivía y moría. Me dejaba, la odiaba.

Y en cada caricia
mis manos respondían, se enredaban, arañaban, la buscaban.

Con cada envite,
mi boca lamía y porfiaba,
mendigando una paz que no deseaba.

Con cada sacudida
mis labios se abrían, mordían,
besaban abandonados,
sin más consciencia que la de sentir.

De carne en carne, desnuda,
ávida y febril en cada gana,
en cada muero por vos,
en cada vámonos lejos.

Y en cada escalofrío,
sobre su espina dorsal y mi congoja,
estremecidos los cuerpos en cada beso de más,
una resurrección. Un par de muertes.

Aquel fugaz momento de ParaSiempres.
La vida entera.

Y un mano a mano, punto y aparte.
Un abrazo de menos, una secuela.
La sombra de su duda, sin duda alguna.

Un maltrecho jirón, un ruido sordo.
pleitesía rendida al deseo cumplido.
Invierno en los ojos, salitre y sudor.

Un no te vayas, ¿por qué has venido?
Ven de mañana. Seguiré aquí.
Después de la espera creeré tus verdades.
Al sur de la frontera del desmentir.

La primavera avanza. ¿Cómo dormiste?
Sobre tus ojos, en tu recuerdo, junto a tus pechos, bajo tu abrigo.

[A ti, que no sabes lo que puedes]

Las nanas de la cebolla

Uno de los grandes secretos para obtener una tortilla de patata jugosa consiste en dejar en reposo las patatas, una vez fritas, unos diez minutos dentro del huevo ya batido. Por supuesto primero las claras y finalmente la yemas.

El segundo secreto es picar bien la cebolla. Con mucho cariño y no pocas lágrimas; tikitikitiki, finita y alargada, ni demasiado pequeña ni demasiado grande.

El tercero, el más especial, consiste en un ritual que se viene realizando en mi familia desde hace años, muchos ya, y que hoy me servirá para preparar a Lola su plato favorito, y a la vez hacer un humilde homenaje a un grande en este día internacional de la poesía.

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Compás de espera

Por extraño que parezca a las puertas de julio, había niebla en Madrid esta mañana. Me pareció incluso que hacía algo de frío. Tardé siglos en aparcar y las horas se hicieron densas, como de bruma. No veía la hora de volver a casa y empezar con el ritual de la cena.

Coche de vuelta, un vaivén. Un semáforo y toda la vida por delante. Y en este compás de espera, mientras el parabrisas improvisaba una danza tribal, me dejo arrastrar por los anhelos, y me pongo a desear: quiero darme un atracón de queso mientras bebo vino en bota, hacerte cosquillas en los pies, no volver a sentir emociones por delegación, ver películas antiguas debajo de cortinas de humo, amainar la tempestad. Aprender a tejer una bufanda que tenga en cada punto del revés una historia de esperanza, escuchar el rugir de las olas contra el abismo de tus ojos clarooscuros, escaparme a Valencia a comer una paella y desandar esos quinientos kilómetros; dejar, durante diez minutos al día, la cabeza en blanco para que pueda invadirme algún recuerdo dulce,  sentir sin pudor el deseo de desear, pasar un domingo en el mercado de las pulgas y traerme otro espejo convexo, burlarme del reflejo, de mis años y del tiempo que hace que no cumplo todas mis promesas.

Perderme en algún arrozal, sentir el agua al cuello, inventar un par de palabras que tengan una g y una u con diéresis, y que signifiquen exactamente todo aquello que nunca te dije; dejarme empapar por una tormenta de verano y jugar a pisar los charcos, seguir leyendo un libro al mes, bañarme desnudo en Barrañán, y notar, adheridos a la piel, sentimientos nuevos, arena, salitre y sudor.

Disfrutar de mis amigos y abrazarles porque sí, con esos abrazos que no se olvidan; ser irregular y reírme por ello, estrechar el círculo, volver a confiar, incorporar bazas nuevas, alimentar mis proyectos, volar a Nueva York. Ser de nuevo. Ser en ti y contigo, aunque la vida se juegue en partidas a parte.

El amor es para los valientes

 

–       Nico, tenemos que hablar. De hombre a hombre.
–       Claro Pablo, cómo no; cuéntame, tío. [Atención, lectores, Pablo tiene 6 años]
–       Es que me da un poco de vergüenza.
–       No hombre, tú tranquilo que no nos escucha nadie.
–       Tienes que ayudarme. Te voy a contar una cosa, pero no puedes reírte, ¿eh? Allá voy: Hoy Ana, después de comer, me ha dicho que creía que a Isabel Jiménez la de su clase yo le gustaba un poco y…

[Y me lo cuenta todo de un tirón, sin respirar, atropellado, con la mirada baja clavada en la punta de la zapatilla. Yo carraspeo, intentando mantener la compostura y no sonreír, y descubro que estoy hasta nervioso porque este es uno de los momentos más importantes de la pequeña vida de mi sobrino]

–       Pablo, eso es muy bonito. ¿Tú que le has dicho?
–       Nico, yo… yo he ‘pasao’. Bueno, hice como si pasara.
–      ¡Pero bueno Pablo!
–       Ya, Nico. Es que me he puesto nervioso. Mi hermana es tonta. Creo que no voy a hablar a Isabel nunca más. Es mejor así.
–       Ay Pablo que a ti te gusta…
–       No.
–       Si.
–       No.
–       Si.

–       Vale, un poco.
–       Y entonces, ¿por qué no quieres volver a hablarla?
–       No sé Nico. Ahora no voy a saber que decirle nunca más.
–      ¿Cómo?
–       Claro, porque lo mismo estoy enamorado, o siento eso del amor. Tú dices siempre que son cosas diferentes, pero a mí me parece lo mismo, y no sé si voy a saber enamorarme porque soy muy pequeño para esos líos del amor y tal…

–     Bueno Pablo, puede que estés enamorado, pero para eso vas a necesitar tiempo, y te vas a dar cuenta tú solo. Déjalo fluir, y si es que sí, tal vez del enamoramiento un día pases al amor, con los años, y eso es maravilloso porque te hace sentir invencible, y, ¿sabes? el amor lo puede todo. El amor es un torbellino que va más allá de la lógica, y es lo que verdaderamente mueve el mundo y nos salva del abismo y de nuestro propio yo, Pablo. Es lo que da sentido a todo y lo que nos permite continuar en la vida. El amor te agita, te agarra fuerte, te acerca al precipicio y te da toda la fuerza del mundo para creer que todo puede suceder. Y te cambia por completo, y te hace ser un loco, un payaso, un torpe vulnerable, un inmaduro… porque te hace soltar las riendas de `lo que se supone qué´. 

Si es de verdad, te sucederá por primera y última vez. Así de radical. El resto de las historias que puedas llegar a vivir serán sucedáneos -intensísimas muchas, seguramente bonitas cuando acabe el Tsunami y puedas verlas con perspectiva, pero simulacros, al fin y al cabo-. Retazos de vida que se disfrazarán de amor pero que se quedarán en enamoramientos, en tonteos necesarios para sentirse vivo. Serán capítulos inconclusos más o menos emocionantes -da igual cómo acaben, créeme-, más o menos apasionados, que te prepararán para lo que de verdad será, o que te alertarán de que estás perdiendo algo importantísimo y debes recuperarlo por todos los medios.

Y no creas a quienes que dicen que el amor duele, Pablo. No es así. El amor no duele. Duele la decepción, el desengaño, el vacío y la herida que deja una traición o un silencio, porque deja señal para siempre. El daño, eso es lo que duele fuerte.  Pero eso no es amor de verdad. El amor nos cura, nos salva, porque nos devuelve la fe. El Amor, Pablo, el verdadero amor es para los valientes, para los que no tienen miedo y se entregan sin reservas, para los que se descubren y ven el mundo a través de los ojos del otro, para los que se dan y sólo esperan que el otro haga lo mismo, sin reservas. Para los que construyen, los que crecen juntos, independientes y libres, pero a la vez. Porque nadie, Pablo, nadie se salva solo.

Así que toma veinte euros y llévate a Isabel a dar un paseo y a merendar a casa de Tita, que hoy es San Valentín. Y ya veremos qué pasa después.

El amor te agita,
te agarra fuerte,
te acerca al precipicio
y te da toda la fuerza del mundo
para creer que todo puede suceder

foto-de-niños-besandose

El amor no duele.

Duele la decepción, el desengaño, el vacío y la herida que deja una traición o un silencio,
porque deja señal para siempre.
El daño, eso es lo que duele fuerte.
Pero eso no es amor de verdad.
El amor nos salva.

Para la travesía

Durante toda la semana le había rondado en la cabeza las palabras de Horacio el día de su cumpleaños, y todo lo que vivieron, lo que bebieron y lo que gritaron aquella noche. Como un par de adolescentes conjuraron a la luna, dejaron marchar a todos los demonios, quemaron el pijama y se enfrentaron a la noche de una ciudad que hacía tiempo que les resultaba ajena.

Durante toda la semana se había sentido vivo. Exultante.

Satisfecho, Nico cerró el libro a la vez que los ojos en un ejercicio de autocomplacencia, no sin antes doblar la esquina en aquel poema que por fin adquiría pleno significado. Se sacudió las migas que quedaron del último pedazo de pastel. Suspiró, pensó en Lola, en el aquí y en el ahora: Lo único que necesito es que me quieran con fiereza.

Ya no será

Ya no será
ya no
no viviré contigo
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.

*Idea Vilariño

Había sido una bonita travesía. Sin emoticonos.

Seguimos,

*Idea Vilariño fue una poeta latinoamericana. Se enamoró, según ella, “del último hombre del que debía enamorarse“, de Juan Carlos Onetti. Lo típico, vamos. Ya no será, es su poema más conocido, el que escribió tras finalizar su relación con Onetti.

El tipo tras el espejo

– Y estas maldita canas, estas ojeras, esta cara de no haber pegado ojo, este tono de voz tan monocromo, tan sin acordes, que lo mismo, si me apuras, tal vez, también suene arrugado. Y este pijama espantoso que Lola se empeña en que no tire.

Verdaderamente estoy atrapado. Atrapado en un cuerpo que ya no reconozco.

Esa pila de facturas y el reloj parado en una fecha de febrero que no alcanzo a recordar; platos sin fregar, la conciencia del tiempo y un silencio tan espeso en el que puedo escuchar mis latidos. Tengo que visitar a tres clientes en dos horas, terminar el master y hablar con mamá; hacer la compra y llamar al fontanero. Sacudirme un recuerdo mojado y recoger un traje.

La vida es una sucesión de cabos sueltos. Reuniones absurdas, gente que corre, las manos ásperas,  el dichoso pijama y estas malditas canas que ayer no plateaban.

Juré que yo nunca y mira. aquí estoy, conjugando en presente. Apuntalando las ruinas. Que poca delicadeza la de los años, ¿eh? Un día llegas y zas. El espejo te devuelve la imagen de un tipo que dice ser tú pero que resulta que no es más que una caricatura de quien tú pensabas que eras. [Y encima se pone tu pijama cochambroso]

La auténtica vida arranca después del primer café. La previa, es un ensayo general. Nico coge aire, y se acerca una taza a los labios que pronto rechaza con amargura. También esto lo ha dejado enfriar. Se gira un par de veces buscando su ángulo bueno y en voz alta:
El caso es que sin pijama, el tipo del espejo mejora un poco. Sólo estoy un poco cansado y con la cabeza llena de ruido. Lo típico, supongo… [Otra vez ese silencio denso] Tampoco estoy tan mal. En realidad estoy bien. Además, da igual. Lo compenso con mi savoir faire. Pero estas malditas canas… este tono de voz tan monocromo…

El tipo tras el espejo

…/…

– Hola Nico, Soy Horacio, felices cuarenta, tío!

– Gracias. Paso. Estaba aquí, frente al espejo; observando los estragos del tiempo y tal. Reconciliándome con ese tipo que ha cruzado el espejo y que, a través, me mira impasible. Creo que se burla.

–  Otra vez el espejo de Lola. Y dime, ¿cuanto tiempo llevas así?

– No sé. Diez minutos; tal vez quince. Da igual.

– ¿No tengo que volver a recordarte que una chatarra convexa* deforma todo lo que pilla, verdad? ¿Qué quieres encontrar en el reflejo? ¿La mejor versión de ti mismo?

– Respuestas, supongo.

– Claro, como todos. Me traes de cabeza con tus excentricidades, tío. N-O-E-S-R-E-A-L. Lo que ves no es de verdad. Suelta lastre, estás a punto de entrar en lo mejor.

– Seguro que sí. Nos espera lo mejor, Horacio. Voy a colgarte, no estoy de humor pero seguro que se me pasa en un ratito.

 – Lo que quieras, pero pon unas birras a enfriar que voy. Brindaremos por las cosas lentas, las invisibles a los ojos y esas que hacen que una hora se convierta en un segundo; celebraremos la vida doméstica y la que sigue sin domesticar. La que late dentro. Será nuestro ratito bañado de eternidad. Volveremos a la piel, a la conversación y a la vida. Despejaremos dudas, nos reiremos de los pasados que no terminan de irse y de los futuros que nunca se cumplieron. De los amores difíciles y de los fuegos de artificio. Y cuando estemos borrachos perdidos, nos arrancaremos confesiones a tiras. Al menos yo lo voy a intentar, Nico. Muero de ganas de saber qué pasó la noche del DobleCheck. Hay que sacarlo fuera, amigo, verás como ya no importa; a lo largo de la vida cambia lo que intentamos comprender. No olvides nunca que podar es sano, pero talar es letal.  Y después huiremos de todo. Necesitas que pasen cosas. Acabar tu cuarenta cumpleaños con una noche de fiesta y gritando como si no hubiera un mañana.

– Gritar como si no hubiera un mañana para sentirme libre de nuevo, sí; reconciliarme con una mañana que a veces amanece hostil, y… Horacio, que hay del pijama?

– ¿El pijama? Ese esperpento lo quemaremos al alba. Será nuestro pequeño aquelarre. #Muahahahahaha

 

*En el centro de Madrid, en la Calle de Álvarez Gato conocida como El callejón del gato, había una antigua ferretería que lucía en su fachada un espejo cóncavo y otro convexo que deformaban el reflejo de quien se miraba en ellos, arrojando, en ocasiones, imágenes divertidas, y en otras auténticas distorsiones ridículas de la realidad. Max Extrella, uno de los personajes principales de Luces de Bohemia, –El particular espejo de Valle Inclán, 1920-, en su periplo por la noche madrileña, pasa por esta calle y desarrolla una reflexión tan honda acerca de la vida y su reflejo distorsionado de la realidad, que, tras esta obra, nace el esperpento como género dramático–literario.

Los abrazos emocionantes

Fue después del final.

Después de aquel intensísimo abrazo* en el que Nico respiró la piel de Lola como si de aquello dependiera su vida, y se aferró a su decisión, revolviéndola el pelo con la necesidad que tienen los náufragos de sentirse a salvo. Después de aquellas palabras que al no ser pronunciadas se quedaron al borde de las comisuras, consolidando entonces, una verdad profunda y desgarradora que lo decía todo sin necesidad de más; después de aquellas cuatro horas en las que dio vueltas en la cama, como un niño sin recreo, buscando un ctrl+z que le devolviera al mundo que se derrumbó pasadas las doce de la noche de aquel sábado que se negaba a reconocer que ya era domingo. Después de que los cuerpos al final se reconocieran en la piel del contrario; después de la vehemencia del deseo, después del amor; después de aquella reconciliación que fue y no llegó a ser, porque Nico ahogó la confesión y  Lola, detonante, descansaba ajena al delirio que había provocado…

Después del final. Después de todo aquello, la desazón dio paso a la normalidad.  A esa normalidad del que pasa por alto, que cede para confirmar el poder del ahora. Del aquí. El único lugar en el que residen las certezas infinitas.

Después de aquello, la calma, sin posos. Nico se prometió a sí mismo que nunca más volvería a dar vuelvas a aquella noche, en la que Lola, dormida, pronunció de nuevo el nombre de Gonzalo –Gonzalo, ese infame embustero juntaletras!-,  habló de la lluvia y de noséque de un baile en un ascensor de Sri Lanka.

La vida estaba aquí y ahora. El resto no importaba.

– Necesito un té. Negro, pensó. Y rebuscó en la caja que habían traído de aquel viaje que hicieron todos a Ceilán.

Capítulo cerrado.

*Los abrazos de verdad, esos en los que contenemos la respiración, tienen ese punto terapéutico y de sinceridad absoluta que los hace únicos; por eso es tan importante darlos dejándose el alma y no regalárselos a cualquiera.

 

Abrázame fuerte, que no pueda respirar.

¿Y por qué no enamorarte de alguien que te cae bien?

– ¿Y por qué no enamorarte de alguien que te cae bien?
– Horacio, eres tonto. Déjame tranquilo, acaba la partida y cenemos, que me quiero ir a casa.

Recuerdo ese tercer grado de mi colega como si fuera ayer: “Enamorarte de alguien que te cae bien”. No. Hasta ese día, no contemplaba la posibilidad. Había acudido a una de esas cenas que tanto le gustaban organizar Alejandra y Horacio en la cocina del pisito que tenían en la calle Pez. Hemos invitado a una amiga, me dijeron con un tonillo inconfundible.

Mis amigos y su afán por emparejarme. :-/ #pereza.

Hacía prácticamente un año que había terminado mi relación con Eme y no tenía ningún interés en conocer a nadie que me complicara la vida. A mis treinta y tantos yo solo aspiraba a seguir contratando proyectos para el estudio, viajar, comprarme otras zapas de running y ganar a Horacio al Fifa. Y ya.

Recuerdo que apareció media hora tarde, con un vestido verde que acentuaba su moreno, oliendo a incienso y con un ramo de peonías para Alex.

¡Por el amor de Dios! ¿quien regala peonías?, -pensé- Menuda rebuscada.

No me olvidaré de cómo llegó hasta mi. Avanzó decidida, con esa voz cálida y beigue acompañando a unos tacones tan altísimos que hicieron que yo mismo me tambaleara al dirigirse a mi con ese ímpetu.

– ¿Yo Lola, tú?
– Mmm… Nico.
– Nico es nombre de gato,
 -me dijo con una sonrisa incapaz de concluir en sus comisuras-.

Los demonios invocados no acudieron a la cita, y creo que bajé la guardia un poco.

Esa noche me reí como hacía tiempo. Los cuatro nos reímos. Me dejé llevar, disfruté descubriendo sus pequeños universos y adivinando que teníamos ciertas cosas en común empezando por el celo enfermizo de colocar el armario por colores. Y al ritmo de Rufus Wainwright la vida se volvió un poco más amable. Con la excusa de buscar las tazas del té, Horacio y Alex desaparecieron y sonaron los primeros compases de una de esas versiones de Hallelujah que tanto me gustaba. Que tanto nos gustan.

Hicimos silencio. Ahí lo supe.

Inteligente, ácida, transparente, divertida… amante de la decoración, de la buena mesa, cariñosa, mala cocinera, raruca… Lo-la.

Lola y sus cosas, Lola a las diez, primavera con Lola, Lola y su sonrisa.
Al filo de cualquier emoción, Lola.
Lola enfadada, enérgica Lola. Visceral, despistada, empática, luchadora.
Mística a veces, pragmática Lola.
Lola y sus planes,su salario precario, Lola y un sueño.
Lola y mi vida, mi vida con Lola.

Y ocurrió. Ocurrió como sólo pasan las cosas una vez en la vida.

Nos mudamos aquí hace un par de años. Sólo traje las Kelme de siempre [por aquello de poder salir corriendo] un par de camisetas y un vaquero, un maleta a tope de cerves, y la colección entera de vinilos de los Rolling. El resto, todo lo demás, ha ido viniendo sólo. Y es de los dos. Nuestro.

Todas las casas tienen un rincón especial, el lugar de las confidencias, y en esta es este, la cocina. Justo donde estoy ahora, contándoos esto mientras espero histérico el e-mail de Manu con la receta de la tarta de zanahoria que voy a prepararle a Lola por su cumpleaños.

No sé si es la mujer de mi vida.  Pero sé que me sigue haciendo reír. Y  hoy, eso, me basta. [Que no se me olvide comprar jengibre]

Karenina. Hazlo, Ana

“Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”.

Recuerdo a mi madre leyendo Ana Karenina cuando yo apenas alcanzaba los siete u ocho años. Me acuerdo perfectamente; puede que fuera primavera porque entraba mucha luz en el salón y hacía calorcito. Ella leyó esta frase en alto y se quedó en silencio. Pensativa. ¿A ti qué te parece?

Levanté la vista extrañada por la pregunta. Me pareció una frase que no tenía ningún sentido. Yo era una niña feliz como el resto de mis amigos, y la verdad es que poco sabíamos de la infelicidad. Todas debían de ser iguales; no pensábamos en ellas. Como las felicidades aquellas que decía el libro de mamá. ¿Por qué iban a ser distintas? Así que me encogí de hombros y seguí preparando mi estrategia para abordar el barco pirata de mi amigo Horacio, algo que consideraba mucho más apasionante que esa pregunta tan rara.

Con el paso de los años por supuesto leí el libro, y esa frase ha sido muy recurrente en ciertos momentos de mi vida. Me ha dado fuerza para hacer y ser. Y para tratar de perseguir aquello que deseo.

Ahora tengo esa opinión que antes me faltaba.

anna-train martalopez

Ese escenario de cartón piedra que retrata Tolstoi, sigue siendo presente; una sociedad de títeres vacíos, de tradiciones y leyes que acatar a las que nadie planta cara con un por qué,  esas inseguridades maquilladas de arrogancia, ese tedio establecido. La vida de las caretas, la vulnerabilidad, la humanidad, la necesidad de afecto obligado en algunos casos, los celos enfermizos, la pose a la que ahora llamamos postureo, la imagen. Valores sociales rígidos todos que se dan por buenos.

Ahora, cuando releo ciertos pasajes, sigo deseando que Ana lo intente.

Que Ana lo intente.

Que pase por encima de su conflicto interno y que lo luche.

Que lo luche.

Que quién sabe si la moralidad que la rodea merecerá lo suficiente como para doblegarse. Sufres, luego expías tu culpa, ruge en su interior, mientras late a la vez toda la certeza de que eso no es La Vida.

Querida Ana, ¿Hasta qué punto hay que seguir las normas? ¿Hasta dónde perseguir la felicidad? ¿A qué precio?

“El respeto lo han inventado para llenar un vacío donde debiera estar el amor” escribe Tolstoi. Y así siguen. Intentándonos hacer callar. Consiguiéndolo en muchos casos.

¿Todas las familias felices se parecen? Todas las familias que responden a convenciones se parecen. Debajo, en la intrahistoria, las pulsiones felicidad e infelicidad, anhelos y deseos son lo que las hacen diferentes.  Y el atreverse.

Una vez conocidos los pormenores de las historias, sus matices, emitir juicios sobre sus actos debería dejar de ser tentador. Es lo difícil. Así pues, vivamos y ya. Dejando los juicios para otro momento.

Anna-Karenina_06

Volvamos al cine.